Dijo;
"Me comenzó a dar igual si mis pacientes hacían la dieta perfecta, o si se comían el postre del domingo. Porque el problema no estaba ahí.
El problema estaba en el músculo.
El ochenta por ciento del azúcar que comes lo tienen que quemar los músculos.
Ahí es donde va a parar el azúcar de verdad. No en la sangre — la sangre es solo el camino. En el músculo.
Piénsalo así. Imagina un coche parado en el arcén, con el capó abierto y el motor muerto.
Puedes llenarle el depósito de gasolina hasta que rebose por el tapón — no se va a mover ni un centímetro.
Porque el problema no está en la gasolina. Está en el motor.
Con tu cuerpo pasa exactamente lo mismo. Tú llevas años echando gasolina: pastillas, dieta, paseos, más pastillas, más fuertes cada vez.
Y el motor sigue parado. El azúcar sigue acumulándose en el depósito. Se acumula. Se acumula.
Y por muchas pastillas que te añadan, si el motor no arranca, el coche no anda.
Y ahora es cuando la mayoría de mis pacientes me dice: 'entonces lo que me toca es moverme más.'
Y yo tengo que pararlas.
Porque cuando llevas años con esta enfermedad, hacer ejercicio del que le llega al músculo profundo se vuelve casi imposible.
El cuerpo se atrofia. Los pies te arden por la neuropatía y no puedes andar bien.
Se ganan kilos sin haber cambiado nada de lo que comes.
Se pierde masa muscular sin darte cuenta. Y aunque camines los cuarenta y cinco minutos que te mandan, con eso no llegas.
Con eso el motor no arranca.
Y no es tu culpa. A estas alturas, con lo que tienes encima, físicamente no puedes hacerlo.
La enfermedad te ha ido cerrando esa puerta año tras año. Sin que nadie te lo dijera.
Por eso, aunque cumplas al pie de la letra con todo lo que te mandan, el azúcar sigue subiendo.
La Metformina no llega al motor. La segunda pastilla tampoco.
Ni la tercera. Ni el pinchazo semanal. Ni la insulina. Ninguna arranca el motor.
Todas trabajan por otro lado — el hígado, el páncreas, el intestino. Se quedan lejos.
Y el motor — que es donde se juega el ochenta por ciento del asunto — sigue parado. Igual que hace veinte años."
Marisa recuerda a la primera paciente que le hizo cuestionárselo todo.
Una mujer de sesenta y tres años. Trece años con diabetes. Cuatro pastillas al día y a punto de empezar con las inyecciones de insulina.
Vino a la revisión, le pinchó el dedo como cada tres meses — y el número, por primera vez en años, había bajado ocho décimas.
"¿Qué has hecho?", le preguntó Marisa. La mujer sacó algo del bolso y se lo enseñó encima de la mesa.
Eso que sacó del bolso es lo que Marisa lleva desde entonces recomendando en voz baja a las pacientes que ya no bajan con nada.
Y es lo que te voy a explicar ahora.